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SUEÑOS Y CULPAS. Beatriz Barrera

Patricia fue durante muchos años farmacéutica del pueblo vecino, y todas las mañanas circulaba por carreteras nevadas y solitarias. Una tarde en una de esas carreteras la encontré sin vida dentro de su coche.


Patricia estudió Farmacia como había deseado desde niña. Su abuelo, que fue quien la crió, trabajaba de mancebo en una antigua botica, y desde pequeña le gustaba irse allí con él. Se entretenía con el ir y venir de los clientes y  las charlas que mantenían con su abuelo. También estaba atenta al propósito de cada una de las medicinas: Esta es para la tos, esa para la tripa, aquella para el dolor de cabeza...
Cuando salió de la universidad feliz con su diploma de farmacéutica, buscó rápidamente un lugar en donde poder ejercer la profesión soñada.Su abuelo le había dejado unos ahorrillos y su casa. Con eso y un préstamo del banco compró una farmacia en un pequeño pueblo perdido en la montaña. Alquiló una casa confortable en el pueblo más cercano, en el que también vivo yo y aquí se quedó.
La farmacia llevaba cerrada bastante tiempo, así que fue un acontecimiento el día en que Patricia la abrió. Los habitantes de los dos pueblos la recibieron con los brazos abiertos.


En poco tiempo Patricia se había ganado la simpatía  de la gente. Su trabajo era agradable y el trato con los clientes muy cordial. Además, se llevaba muy bien con la gente de los comercios cercanos. Carmen, La panadera, le llevaba cada día a primera hora el pan recién sacado del horno, y Juan, el chico de la gasolinera, le llevaba un café bien calentito a media mañana.
   - Hola Pati
   - Hola Juan
  -El café de la señorita. Pa que se espabile.
   -Gracias caballero. Hmmm¡ qué bien sienta!
   - Por cierto, la medicina que me diste el otro día mano de santo ¡so fenomena !
   - Cuánto me alegro. Pero acaba todo el frasco si no quieres recaer. Que te conozco.
  - OK princesa.


Por la tarde, cuando iba menos gente, era yo la que al salir del colegio me pasaba a veces a charlar con ella aunque sólo fuera un rato, pues a mi edad ya no me gusta que se me haga de noche para conducir por esas dichosas carreteras.


No sólo le había ido bien en lo relativo a su trabajo, sino que también se había integrado en un grupo de jóvenes, con los que se divertía los fines de semana. Qué suerte he tenido de encontrar tan buenos amigos aquí , me decía Patricia con frecuencia. Incluso uno de ellos, Jorge, le tiraba los tejos, cosa que a Patricia le estaba empezando a gustar. 
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Una de esas mañanas en que Patricia acababa de llegar por las carreteras nevadas y solitarias a la farmacia, empezaron a tocar las campanas de la iglesia. Un toque fúnebre. A la hora del recreo salí un momento y entré en la farmacia a comprar unas juanolas. Me comentó que aún no había entrado ningún cliente, que la panadera se retrasaba y que nadie parecía necesitar medicinas esa mañana. Tampoco Juan había llegado con el café. 
No me parece extraño, le dije, ya sabes, estará todo el mundo interesándose por lo sucedido y dando el pésame a la familia. 




A las pocas horas, mientras Patricia lloraba desconsoladamente en su dormitorio, los dos pueblos eran una pura comidilla.


Patricia fue acusada de homicidio por imprudencia. No tuvo que ingresar en prisión, pero nadie le perdonó que de los dos frascos de medicamentos que tenía encima del mostrador, le diera a Juan, el chico de la gasolinera, el equivocado, el que le causaría la muerte. Muchos prefirieron desde entonces trasladarse varios kilómetros antes que volver a la farmacia de Patricia. Carmen, la panadera, no le llevó más el pan recién sacado del horno. Apenas nadie la saludaba. Sus amigos fueron dejando de contar con ella los fines de semana. El mismo Jorge procuraba evitarla.


Una mañana más Patricia cogió el coche para ir por la carreteras nevadas y solitarias, pero esa mañana no llegó a la farmacia. En el trayecto iba pensando en las caras que tendría que soportar, las malas formas, el desprecio. Y tendría que pasar por la gasolinera y ver una vez más que Juan… Se quitó el cinturón de seguridad. Supongo que lloraría. Aceleró. Aceleró más. Las ruedas patinaron en la nieve, pero continuó acelerando. El coche comenzó a girar y girar y girar.


Por la tarde, cuando regresaba a casa por las dichosas carreteras ,la encontré sin vida dentro de su coche.






Sueños destrozados y el peso de la culpa. Una culpa que la Justicia había considerado como imprudente, pero nosotros y nuestros vecinos como imperdonable.


 
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